Efímero
-Habla la madre de Ethel-
No pasaron muchos días para reencontrarnos. Sentadas a la par, en unos sillones de dureza blanquecina, quedamos calladas. Sólo podíamos admirar el arrullo y el aletear de las palomas. Aparecieron en el momento en que necesitábamos una esperanza, un álito de vida. El candor, la sencillez , la inocencia y la paz de esas aves, lograron la comunión de nuestras almas. Dos pequeñas lágrimas iluminaron tus ojos.
Sin un gemido, sin una queja al momento de partir.
El agua corre entre mis manos y la tierra húmeda y sin vida, quiere quedarse para siempre entre mis dedos. Levanto los ojos y miro el cielo. Hoy, 12 de agosto, imploro un milagro. Dudo en esperar que el sol se oculte y contemplar la conjunción de Marte, Venus y Saturno. Y sueño encontrarte, estrella fugaz de Perseo. Pero no estás. Sólo te presiento al besar el oro blanco.
Y de nuevo resuena en mi mente el chillido del teléfono y la voz que repite
-Habla la madre de Ethel.
Hoy, Ethel, tu díscola hija,la que alguna vez se pensó tu madre, lava, debajo de la canilla del solitario cementerio, tu osamenta. Busca desesperada, entre huesos y antiguas uñas, signos de pureza, castidad e inocencia. Quiere que este instante sea transparente y lograr así la iluminación de su oscura alma.
El agua continúa corriendo. Y la tierra queda atrapada ya no sólo entre mis dedos

Reverso
Te encontré entre el azul y el celeste del cristal de agua.
-No me muestres el espejo porque me diluyo- me dijiste.
Mis sentidos se turbaron. Brazos y manos se convirtieron en ramas para envolverte, abrazarte, retenerte sólo para mÃ.
Y nuevamente, la melodÃa de tu voz me suplicaba
–No me muestres el espejo porque me diluyo-
Un relámpago de amor e incertidumbre, rompió los cristales de mi ventana, siempre tan vacia y llena de nada.
Desperté, y frente a mi, como todos los dÃÂas, estaba el espÃa esperando mi reflejo
Algo huele mal en el vecindario
Vuelvo, siempre vuelvo. El me espera, con pasividad y sin medida de tiempo. Escucho a lo lejos, un eco de pasos perdidos en un camino desandado.
Y me traslado sin prisa, a nuestra calle, y digo “nuestra” porque fue ganada a fuerza de alegrÃas colectivas, inútiles disputas, nacimientos y lloradas ausencias. Ella es la lente desde la cual todos vimos transcurrir nuestra vida. Nace en Av. DÃaz Vélez, atiborrada de sombrÃos talleres mecánicos, habitados por muchachos con overoles salpicados con grasa quemada y con sus manos impregnadas de sudor, trabajo y aceite. Enormes galpones, repletos de vehÃculos y autopartes, todos ellos con doble salida, y que representaron en mi ideario juvenil el mejor salvoconducto para huir de obsesivos amores.
Con el paso lento y cansino me doy cuenta de que olvidé muchos detalles de mi barrio. Me perdà tantas veces. Pero vuelvo, siempre vuelvo. Y mi respiración, ahora pausada, se deleita con el aire saturado de los aromas de “Frutas 2000”, que embriagan al ambiente, y a mi memoria, con fragancias a melones frescos, duraznos, manzanas y que matiza de los más hermosos y extraños colores al gris de nuestro barrio.
Un carrito, atiborrado de verduras, se cruza en el camino e impide mi paso. Por instantes me transformo en una ilusión ópitca para aquellos que encuentran en mÃ, en la pulga, una antigua y conocida sonrisa, que yace desde pretéritos años bajo la oscura humedad de la tierra.
Un rasgo nos caracteriza a todos en mi barrio, y es la falta de identidad. Nunca supimos a ciencia cierta si pertenecÃamos a Ramos MejÃa o Ciudadela. Av. DÃaz Vélez significa en nuestra vida no sólo la división territorial, sino también la social entre La Matanza y el partido de Tres de Febrero.
En el barrio las casas son bajas. Por la década del cuarenta, supo ser zona de quintas y de inmigrantes italianos. Siempre, desde que tengo memoria, todo fue esfuerzo y solidaridad. La vida privada de cada núcleo familiar se convertÃa en pública, gracias al rol de propaladora que cumplÃa, como un legado, cada uno de los que allà habitábamos.
La mayorÃa de los vecinos hoy rondan los 80 años. “Viejos”, como nos gusta nombrarlos con cariño, que vieron crecer al barrio con el mismo amor y paciencia que a sus hijos. Sin embargo, muchos jóvenes decidieron marchar, como lo hice yo, a la ciudad de Buenos Aires. La falta de identidad, a veces, nos obliga a vivir en un mundo ficticio y asà pretendemos lograr en las grandes ciudades el estatus que una pequeña localidad del conurbano bonaerense no nos puede ofrecer. Muchos compartimos esa extraña contradicción entre el ser y el parecer.
Los fines de semana visito no sólo a mi barrio, sino también a mi padre. Me encanta divisar desde una de las ventanas del primer piso, de lo que alguna vez supo ser mi hogar, su ancha calle, sus autos, su gente, los húmedos techos y soñar, una y otra vez, con el arco iris de mi infancia. Y me busco, entre las sombras de los naranjos y entre el aroma de los azhares. Observo, espero una señal y asà reaparece desde el ayer la presencia de Tita Valdez. Una mujer de estructura muscular robusta, morocha y agitadora de la propaladora del barrio.
Un dÃa soleado, mis ojos se posaron en ella. Pude observar como los músculos de sus brazos fuertes, acompañados por un gran balde de agua, se esforzaban en barrer hasta el cansancio su vereda. Sin embargo, otro hecho significativo llamó más mi atención. Cada vecino que pisaba su vereda, se detenÃa (según dilucidaba yo a la distancia) para escuchar sus quejas. Sólo vislumbraba, a través del humo de mi cigarrillo, que comentaba algo, moviendo las manos, señalando el piso y realizando violentos gestos con la cabeza. Esta actitud, en el lapso de media hora, se convirtió en reiterativa. Intrigada por el espectáculo, esperé paciente la oportunidad para excitar a la propaladora. Llegado el momento grité desde mi ventana
-¡¡¡¡¡ ¿Qué haces Tiiiiitaaaa?!!!!!
Ella elevó su oscura mirada hacia mÃ, se paró en medio de la calle y con las manos tomando su cintura me contestó
-¡¿qué hago?! Limpiando la mugre de los malos vecinos. Y agregó con más énfasis
-¿Viste vos la de la esquina? La de la casa blanca, ¿Te acordás? ¡¡¡¡allá pulga!!! ¡¡¡¡…asomá la cabeza, che, estirate un poco más!!!! ¡¡Qué vaga sos, vos también, madre mÃa!!! Todos los dÃas viene con el perro y ¡¡¡¡me caga la vereda!!! ¿Sabés que hice? Fui, le toque timbre y le dije “señora la lavandina me sale $4, 85. Todos los dÃas la tengo que usar para limpiar la mugre que me deja su perro ¡¡¡uso dos litros!!!¡¡¡Escuchó bien!!!! Se lo advierto, yo no gasto más plata en vecinas sucias, voy a comprar una botella de veneno y si su perro se muere será por su culpa y no por la mÃa ¡¡¡¡roñosa!!!¡¡¡¡ Y se lo advierto, después no venga a hacer escándalos a la puerta de mi casa!!!!!-
Arrancó de mi rostro cansado una tenue sonrisa. Este gesto la indignó aún más, y se vio obligada a proseguir la historia con más furia para lograr mi adhesión
–No pulga, vos no sabés en lo que se convirtió este barrio- Mientras movÃa de un lado al otro su cabeza
-Hay otra mujer acá la vuelta ¡¡¡que es peor!!! Tiene un perro chiquitito, re coqueto ¿viste? Porque ella es pituca, y también lo trae todos los dÃas a cagar ¿ya sabes a donde, pulga? ¡¡Al umbral de mi casa!!!! Porque, claro el perro es fino, el barrio le queda chico, no es para él. No vaya a ser cosa que las malas lenguas digan que salió de la villa de acá atrás. Hoy fui a tocarle el timbre con las manos asÃ, ¿ves?, escondidas atrás. Me abrió la puerta y apareció con ella el bendito animalito, todo blanquito y limpito. Le sonreà y le pregunté "señora ¿este perrito es suyo?” siiii me dijo ella muy orgullosa. Empecé a sacar la manos, asà ves, de atrás Â…..y le tiré toda la mugre del perro en el living de la casa, y le grité ¡¡¡¡¡no la quiero más por mi casa, asquerosa, sucia!!!!! ¡¡¡Ni a usted, ni a su maldito perro!!!! ¡¡¡aléjese de mi casa si no quiere que yo la muela a palos!!!!
Por segundos, me evadà de su discurso y me puse a pensar en la importancia del otro, hoy olvidada y devaluada por tantos. Volvà a sonreÃr, para disimular la distracción, le hablé de su presión arterial, los nervios y de todo a lo que se puede apelar para suavizar una tensión, Me miró con cierto desdén y sin emitir palabra alguna, me saludó con la mano y en su mirada pude ver la indignación por mi actitud, a la que pagó con un rápido giro para darme, en forma rápida, la espalda.
Asà pasaron las horas, entre cigarrillos, ventana, historias de clubes y barrios, y el clásico café con mi padre, acompañado de las reflexiones sobre sus antiguos y nuevos amores. Por supuesto no faltaron sus advertencias
-¡¡Por favor, dejá de hablar desde la ventana!!!!! No quiero chismes y nunca te olvides “guarda con el Cristo que no es de palo”, ¿Me entendés o no?
Al finalizar el dÃa, y entre risas, decidà bajar y partir. En la puerta, y al lado de mi auto, la encontré nuevamente a Tita, pero ya acompañada por otra vecina, y relatando, sin modificar ni una coma, la historia de perros, venenos y malos vecinos.
Me acerqué para besarla, hacerle un chiste y despedirme, mientras le murmuraba al oÃdo, respetando siempre el código barrial que por toda la vida nos habÃa unido
–Tita .... ¡¡¡ dejate de joder!!!! . Pensá en la nocturna bonaerense y jugale al 71 ¡¡¡¡si vos siempre ganás!!! ¡¡¡O me lo vas a negar a mi!!!! ¡¡¡Ojo que yo soy testigo de tu buena suerte!!! Además si pisas mierda ¡¡¡¡es plata!!!!!
Clavó su oscura mirada en mis ojos, y en ese momento pude sentir como mi corazón se agitaba. Yo conocÃa, desde pequeña, su fama de mujer de armas portar, y pude imaginar por un instante, los manotazos que me darÃa por todo el cuerpo. Miró a la vecina que la acompañaba y le dijo con ironÃa, inclinando su cabeza hacia mi
-¿Sabés que es esta? Pude presentir en la vecina el claro temor ante un escándalo, entrecerró los ojos y sólo murmuró
–No sé. Yo no se nada. Yo no la conozco-
Tita nos miró con un gesto adusto y sólo expresó
-¡¡¡¡¡es una hija……. ¡!!! ¡¡¡¡Es la mejor hija del mundo!!!!!!!!!!-
En ese momento pude darme cuenta de cómo la piedad se disfrazaba de mentira.
-Andá pulga, no te hagas problema por mÃ, subà al auto que yo te miro y mientras tanto le cuento a esta señora, que no te conoce, la historia de tu vida. ¡¡¡¡¡Mirá que hay tela para cortar sobre vos, ehhh!!!! Ahhhhhhhhhh, cheeee, anda despacio, no te hagas la loca, y poné las trabas en las puertasÂ…no vaya a ser cosa que encima los MUCHACHOS no te reconozcan, te afanen y nos pidan rescate ¡¡¡¡justo a nosotros que no tenemos un mango, ni asà nos den vuelta!!!!!!
Nunca supe que historia contó sobre mÃ, sólo se que al poner el auto en marcha la miré, le toqué bocina y ella con una enorme sonrisa me tiró un beso.
Una lágrima indeleble de antiguas culpas nubló la imagen de mi barrio. Antes de doblar la esquina, y bajo la atenta mirada de Tita, mis ojos se cruzaron con el azul y oro de mi amigo de la infancia. Lo imaginé como antes, pasaron tantos años, regresando de la Candela. Desde la ya olvidada infancia, mi corazón latió con más fuerza. . José, dejaba de ser el agresivo volante xeneize, y se presentaba ante mÃ, como siempreÂ…como el más experimentado arquero. El juego fue siempre una excusa entre los dos: permitirme hacer un gol, al que yo como premio, estaba obligada a pagar con saltos de alegrÃa y besos.
Ante nuestras cómplices miradas y sonrisas, la propaladora ya se habÃa puesto en funcionamiento. Mientras tanto mi padre, asomado por su ventana, trataba de descifrar, rascándose la cabeza, el porqué de las nuevas señas de Tita, ahora dirigidas directamente al primer piso de su casa, si él, al fin y al cabo, me habÃa visto partir, y su vida privada no daba motivos para las lenguas viperinas del barrio. Enumeraba con sus dedos algunos errores. Y repensaba, mientras se esforzaba en cerrar la ventana, “sólo tengo una novia joven y jamás tuve un perro”.
Desando caminos. Será por eso que vuelvo, siempre vuelvo.
De carne somos
Eliana y Cristina se encontraron, como todas las semanas, en el bar “Lo de Ansis Club”,una esquina tÃpica de Palermo que sirve a muchos de oficina y a otros de divan para terapia. Ese dÃa, café por medio, y después del relato del último viaje,Cristina vió en los ojos de su amiga una sombra de dolor
-Eliana, creo que a vos te pasa algo
-Si tengo un nudo en mi garganta. Creo que tengo ganas de llorar. No puedo contener las lágrimas. No estoy bien ¿sabés? Y todo me hiere, me abate. Tengo rasguñado el corazón. La vida me está pasando por encima y como siempre yo no reacciono, no me rebelo. No hago nada. Por ejemplo, hoy acompañé a mi papá a su casa, después de las largas vacaciones que él se tomó. Llegó, abrió la heladera y se encontró, como es natural, que tenÃa nada para almorzar.
-¿Y?
- Me ofrecà para ir hasta la carnicerÃa de la esquina y comprar algo de carne. Vos ya sabés como me trata Mario, me dio $40 y me pidió que le comprara tres bifes de costilla. Es lo que a él más le gusta. La verdad, por un minuto me sentà niña otra vez y decidà llevar la plata en la mano, hecha un bollito chiquitito QuerÃa soñar una y otra vez con mi niñez y dejé mi cartera con todos los documentos y el dinero en su casa. Cuando llegué al negocio me encontré con un chiquito que no cesó de observarme mientras daba vueltas alrededor de mi. La verdad, yo no sé que magnetismo opera mi persona en los chicos que siempre giran alrededor mÃo.
-¿Y eso que tiene que ver con el nudo?. No te entiendo ¿vos te sentÃs bien?
-Creo que lo que más llamó atención del nene fue mi campera. No lo puedo asegurar. Pero daba vueltas y vueltas a mi alrededor. Calculo que tendrÃa unos siete años
-Bueno, tu campera se parece más a la de una motoquera ruda, que a la de una mujer que hace las compras en un barrio de La Matanza
-Tenés razónÂ…estoy pensando y recuerdo que antes de entrar saludé a los muchachos, a los hermanos Lopez. ¿Te acordás? Los chicos que tienen la gomerÃa frente al mercado. Bueno, los encontré en la puerta y los saludé como siempre. Un beso y abrazo. El niño estaba unos pasos detrás de mi. Tal vez, haya pensado que tenÃa la moto estacionada en el local de los gomeros. No lo sé. Fue todo muy extraño
-No entiendo ¿qué tiene de extraño que un chiquito te observe?
-No. No entendés. Es que la historia sigue. Cuando entré en la carnicerÃa una mujer mayor estaba comprando carne. Pidió un bife de costilla, y le pidió al carnicero que se lo cortara lo más fino posible, ya que sólo tenÃa diez pesos y no le alcanzaba para más. Cuando llegó mi turno le pedà tres bifes de costilla. “¿gruesos como le gustan a tu papá?” Me dijo el carnicero. Y en ese momento se ató este nudo que no deja de ahogarme
-No es para tanto. Pensá que la señora que pidió un bife tal vez era jubilada, vivÃa sola y por eso una sola porción de carne. Quizás, ya habÃa gastado la plata que llevaba en la verdulerÃa ¿vos que sabés?
-Te puedo asegurar que sé muy bien lo que pasó No fue por la señora, que en parte me angustió. Fue por el nene que no se cansaba de saltar a mi alrededor.
-Y dale con el chico. ¡¡¡Pará un poco!!! ¡¡¡¡Por Dios te lo pido!!!!
-Cuando pedà los tres bifes de costilla el nene miró a su abuela y le dijo que él querÃa comer lo mismo que yo estaba llevando. PedÃa como súplica a Dios “ves abuela, quiero comer eso que ella lleva. Yo nunca lo comÔ La vieja miró al pequeño y le dijo “no, nosotros vamos a llevar un poquito de carne picada. Somos muy pobres para comer eso” “ abuela, dijo el niño, mirando mis tres bifes con deseo, yo me los comerÃa crudos•” Y bueno, llegué a la casa de Mario con un solo bife y el corazón roto. Regalé dos bifes. Me acordé de la canción de cuna que mi madre cantaba pegada a mi oÃdo ♫♫señora Santa Ana, porque llora el niño, por una manzana que se le ha perdido. No importa ven a casa yo te daré dos, una para el niño y otra para vos” Entendés ahora, el por que de mi asfixia, mi congoja.
No me mires asÃ. Ya sé que para vos es una pavada. Para mà no lo es. Son esos dolores de la vida, que yo estoy convencida que presentan en mi camino por algo. No encuentro respuestas. Y a veces pienso, que ironÃa pretender cambiar al mundo cuando no soy capaz de cambiar mi vida. Cris, por qué me mirás asà Creo que no te animás a decirme que estoy depre y necesito ayuda. Decime la verdad ¿en qué estás pensando? Amiga, no llores, contestame, ¿estoy para el manicomio?
-Si vos estás para el manicomio, yo también.
Mar de Ajó
Imágenes y colores suelen despertar entrañables recuerdos. AsÃ, cuando percibo un aroma mezcla de iodo, salitre y pinos silvestres mi memoria viaja muy lejos, y se instala en Mar de Ajó.
Allà veraneábamos todos los años con mi familia. Mar de Ajó es un pequeño pueblo marÃtimo, que en otras épocas supo estar custodiado por altas y doradas dunas.
 Las imágenes, que aún están presentes en mi memoria,   se relacionan con todos los preparativos para nuestra larga estadÃa en ese balneario. Asà recuerdo desde la compra de comestibles hasta la adquisición de modernas cañas de pescar. En aquel tiempo, mi grupo familiar era muy grande y de alguna manera  se podrÃa decir que feliz. Todo lo compartÃamos, si bien existÃan algunos desencuentros, casi siempre por los bienes adquiridos en sociedad,  tratábamos de convivir en forma armoniosa. El clan familiar estaba compuesto por mi abuela Edelmira, mi tÃo Antonio, la tÃa Chela con su marido y sus dos hijos, mis padres, mi hermana mayor y yo. Nuestra casa de veraneo  era de dimensiones regulares, de frente blanco y tejas rojas. El cartero la conocÃa como “la casa del tanque colorado“.
En lo personal, lo que más me impactaba de ella, era pasar las noches en su jardin y desde allà mirar a lo  lejos el mar. Esto representaba para mà un juego, ya que pasaba varias horas sentada en el piso y entre los pinos contándole a las olas mis aventuras y secretos, de alguna forma sentÃa que ellas me contestaban con fuertes rugidos de aprobación o disgusto.
Mi familia, por aquel entonces, tenÃa la costumbre de darle vida a las cosas. Tal vez pretendÃamos sentirlas más nuestras e integradas a nuestro clan. Por supuesto, esto no era bien visto por los otros,  nuestros  vecinos. No sé por qué, pero siempre lo diferente causa estupor, asombro  y en honor a la verdad esta gente también adjudicaban esa rareza a cierta locura familiar. Jamás nos preocupamos por las voces que murmuraban sobre nosotros. Tratábamos de superar los prejuicios ajenos, aunque siempre nos fue difÃcil superar los propios. En realidad,    nos resignábamos a la sabia voz de mi abuela “lo que fue creado asà no se puede cambiar”
En nuestro imaginario la casa de verano también tenÃa vida, era de un blanco inmaculado y por supuesto,  no le podÃa faltar su nombre. HabÃamos elegido uno poco original pero creÃamos hacer honor a la naturaleza que nos rodeaba. La denominamos “Chalet El Aromo”. Allà llegábamos desde Buenos Aires  todos lo años en un antiguo auto, un Chevrolet 38´ (que también tenÃa su apodo “El Chivo" toda la familia acurrucada, uno sobre el otro,  como  seres necesitados de  calor y afecto. Por supuesto, y como buenos descendientes de gallegos, llegábamos repletos de provisiones para afrontar el mes.
Nuestros dÃas transcurrÃan entre comidas ibéricas, fiambres, quesos y por las tardes los clásicos  pastelitos de dulce de membrillo o los buñuelos con pasas de uva.Â
Sin embargo, nuestro mayor placer, más allá de las comidas, era trasladarnos todos juntos en el “Chivo” a una playa desierta. El camino que realizábamos era la cotemplación de una obra de arte,  ya que bordeábamos  la orilla del mar en el más absoluto silencio, que sólo era quebrado por los quejidos de las olas o por el piar de las gaviotas. Ese lugar se llamaba Punta Médanos, y se caracterizaba  por su dorada  soledad. Allà llegábamos los Piñeiro,  cargados de viandas y utensilios  para la pesca del dÃa. Recuerdo que los hombres se internaban en el mar, hasta una profundidad bastante considerable, para clavar un enorme  tramayo blanco, que flameaba entre las olas como una bandera al viento.  Mientras tanto,  mujeres y chicos utilizábamos la red de arrastre y el mediomundo. Asà pasábamos nuestro dÃa pescando corvinas, lisas, lenguados, y también caracoles, estrellas de mar (que limpiábamos y  secábamos al sol para realizar amuletos) y también algunos hipocampos. A manera de juego, y ya llegando el mediodÃa, esperábamos que la marea bajara   y a la voz de ¡¡¡ a correr!!!  librábamos duras batallas con las almejas y berberechos, hasta que agotados de tanta carrera cantábamos victoria cargando en nuestros brazos baldes colmados de blancos  moluscos.
Pasaron más de cuarenta años, y en verdad me gustarÃa volver a pescar a  Punta Médanos, caminar entre sus dunas y explorar naufragios.Â
Sin embargo, ya nada es igual. La modernidad con su aturdimiento, las  poderosas camionetas 4x4,  los cuatriciclos, la gran urbanización  y los  grandes barcos pesqueros, acabaron por destruir nuestro pequeño paraÃso.
Del clan familiar no queda casi nada.  Sobrevivimos, al igual que Mar de Ajó, a diferentes azotes que a veces suele dar la vida. Cada uno siguió su camino como pudo. Algunos inmersos en encrucijadas complicadas, otros con hijos y  fracasos matrimoniales, mientras que unos pocos prefirieron marcharse  de este mundo para siempre.Â
Despúes de relatar esta historia, me doy cuenta de que ya no quiero  tener noticias de mi paraÃso perdido. Es mejor seguir pescando sueños en un pasado lleno de aromas y casi intacto. Prefiero  que el pueblo, la casa, las dunas y la gran familia unida queden donde jamás nadie las pueda cambiar. Seguirán intactas  y al resguardo, mientras yo viva, en el cajón  de mis recuerdos.Â
PD: El 20 de diciembre del 2010, volvà a visitar "Mar de Ajó". Fue dificil regresar a mi paraÃso perdido. Volvà a observar cada médano, cada ola con mis antiguos ojos de niña. El lecho marino del balneario del Camping Municipal Gral Lavalle cambió, y hoy, al igual que hace 40 años, se pueden encontrar por la mañana bien temprano hermosas ostras, talladas por el gran escultor con manos de olas,  de los más diversosy bellos colores. El mar le regaló a mis pies muchÃsimas, y de diferentes tamaños,  que ya están conmigo en Buenos Aires, alegrando el mejor lugar de mi casa. También me crucé con personajes fabulosos: Pichi, que aprovecha cada dÃa para ayudar  en diferentes tareas a sus vecinos. El salió en mi ayuda para reparar la puerta de mi auto que habÃa sido violentada en un intento de robo. Pichi ·el mejor vecino de Mar de Ajó". Lo extraño. También conocà a Pollo "el perro depresivo" que vagabundea por diagonal Cobos recostado con sus patas cruzadas que sólo mueve para huir de perros buscones, sapos, gatos y gente ruidosa. Pareciera, según inferimos con algunos amigos, que no le gusta que lo molesten y se hecha, a modo de compañÃa, a un costado de los vecinos que chismosean debajo del frescor los pinos (entre ellos Pichi y el jubilado Mario -mi padre- que vive frotando sus rodillas con grasa de iguana para, según él, levantarse y caminar mejor) y que de vez en cuando le dan una rápida mirada y murmuran  - "este pobre perro está pensando, está duro, parece una estatua. Es mudo ¿viste? nunca nadie le escuchó un  ladrido... pobre animal ¿qué le abrá pasado?"-
También conocà a MarÃa, una anciana cuentera, de rostro muy dulce, amiga de los guardavidas y estafadora de cándidos hoteleros. Otro de los personajes es José, quien dejó caer algunas lágrimas cuando después de 30 años volvió a buscar el médano donde jugaba cuando era niño y en su lugar encontró con un grotesco  parador. Me olvidaba de Teresa, ansiosa por encontrar (al igual que yo) la panaderÃa "La Rusa" y encontró en su lugar una moderna pizzerÃa.
La lista es interminable. Me dà cuenta de que todos aquellos que emprendimos el regreso con el alma llena de romanticismo sufrÃamos de nostalgias. No faltó la oportunidad para el encuentro casual y las largas charlas sobre las propiedades curativas de las aguas de ese,y  para todos nosotros, amado mar.
Estuve el cumpleaños número 75 de Mar de Ajó, y fue casualidad. Llegué el 20 de diciembre y partà el 6 de enero. Fue difÃcil despedirme de ese paraÃso que yo ya creÃa perdido. Sin embargo, está allà firme en el corazón y en la memoria de esos niños, hoy hombres, que como yo le regalan,  mientras caminan por la extensa playa, una lágrima de extraño sabor agridulce y de agradecimiento al para siempre amado y jamás olvidado mar.
17 de febrero del 2012: Hace unos dÃas alguien me dijo, con afán de herirme, que Mar de Ajó es la "Saladita de la costa"(para aquellos que no conocen "La saladita" les diré que es un mercado de ropa y bienes para gente de pocos recursos) La verdad, es que lejos de lastimarme me di cuenta de que prefiero perderme entre pobres de bienes materiales, pero anchos, llenos y ricos en emociones, que entre seres sin escrúpulos. Sólo las almas sensibles comprenden la simpleza de la vida.
Caracoles encontrados en la playa de Mar de Ajó, por la madrugada
La ira por un favor
Viernes trece, le temo a su maldición. Dicen que en el banquete en el Valhalla, fueron invitados doce dioses Loki. Sin embargo, a último momento, el espÃritu de la pelea y el mal se sumó a la cena y allà lucharon cuerpo a cuerpo para expulsar al favorito de los dioses. Balder,el bueno, murió en el enfrentamiento.
Leyendas, sólo leyendas. Supersticiones que se cruzan por mi mente, sólo por ser hoy viernes trece, mientras mi vista se pierde a lo largo de la avenida. ¿Qué hago parada en esta esquina, y maquinando historias lejanas?
Tal vez, me transfiguró el tono de tu voz aflautada diciéndome por teléfono
-Chabona, decime como estás vestida. Nena ¿cómo hago yo para conocerte? hay miles de minas paradas en una esquina. Para mi son todas iguales “minas” y punto.
Y tu voz aflautada que le hace tan mal a mis oÃdos. Realizo un esfuerzo por modular con dulzura, como quien pretende amansar a una bestia.
-Tengo jeans celestes, una camisa blanca y unos stilettos animal print.
Stilettos, Fernando, qué podés saber vos de stilettos, si apenas conoces el significado de algunas palabras.
Y continúo acá, parada en esta esquina de Cabildo y Juramento. Y los hombres que pasan me miran de soslayo, y yo debo bajar mis ojos. Sin embargo, como una marmota que nada tiene que hacer, aquà estoy colgada de la rama y esperándote.
Nunca llegaste, amor. Me enviaste a un emisario gordo, feo, con olor a transpiración y encima con el mensaje equivocado.
Al principio no me di cuenta, Fernando, del desastre que estabas causando. Demasiada espera en una esquina y con un corazón que sólo palpita por lo que más ama.
Y nuevamente, Fernando me citaste. Y esta vez juraste entregar el mensaje correcto. Y la espera se reitera. Nunca llegaste.
Y me imagino tu cara, Fernando, con todos los mensajes de voz que dejé en tu celular. Cada dos minutos por reloj. Si, cada dos minutos, porque hasta para llamar por teléfono soy correcta.
Pero no sé que me pasó. De pronto mi disloqué y comencé a subir el tono de voz.
-Hola Fernando, habla Ana. Sólo querÃa decirte que sos un hijo de puta y que te vayas a la de tu madre.
-Hola Fernando, soy yo nuevamente. Bueno no quiero que te vayas a la de tu madre…pobre madre me da lástima. Ella no tiene la culpa. Mejor andate a la de tu hermana.
-Hola Fer, soy yo . Quiero decirte que te estoy esperando en la esquina para cagarte a palos ¿me escuchaste?
-Hola Fer, te estoy hablando seriamente. Si sos hombre venà a la esquina que te espero para molerte a palos a vos y a toda la barra brava de Racing. VenÃ, venà si sos hombre. Cobarde.
-Hola Fer, soy Ana, ya veo.... no sos hombre. Me estafaste, me prometiste venderme dos entradas para el clásico de Independiente, en la platea del rojo y me mandaste a la general de Racing. Te juro que si te encuentro te cago a palos.
-Hola Fernandito, soy Ana ¿Qué pasa que no aparecés con tu barra brava? ¿Me tenés miedo? Ves Fer, yo tengo razón, sos un pobre cobarde. Sólo te animás a estafar a cándidas mujeres. Ojalá que hoy pierdan. Si, si, que revienten Lo deseo con todo mi corazón. Quiero que sufras hincha de Racing…y mucho. Bueno...no es que con Racing yo no tenga onda, si al fin y al cabo mi madre y mi padrino eran de Racing. ¡¡¡¡¡Pero no me importa!!!!! quiero que pierdan y que sufras malditooooooooo
-Hola Fer, soy yo devuelta. Te pido perdón. No sé el por qué de mis reacciones. Estaba pensando ¿viste? ¿Qué tengo que ver yo con vos, con racing o independiente? Sólo le quise hacer un favor a mi sobrino, y comprarle entradas para ver al rojo. ¿Sabés una cosa Fer? no te conozco y te quiero. Si te quiero, y ¿querés saber por qué? Porque provocaste mi ira, y la ira es el estallido del amor. Entoncés, yo debo quererte y no odiarte. Pero no te amo, sabés por qué…. Porque yo + Boca "amor eterno"
Andá a lavarte el pandero (por si no entendés el término ¡¡¡agarrá el diccionario, animalllllllllllll !!!!!!!).
Bueno, Fer, perdoname ya estoy más tranquila, ¿sabés qué? los muchachos de la doce son bien hombrecitos. Ellos sà que saben tratar a las chicas. Fer, de mi vida, esta canción es para vos
♫♫ Señores yo soy de boca desde la cuna que vamo' a salir campeones no tengo duda
con un poco mas de huevo
la vuelta vamos a dar
y todos de la cabeza vamo' a festejar
dale, dale bo!!
dale,dale bo!!
dale,dale bo!!
dale,dale bo!!
¡¡¡¡¡¡¡"Racing cagón, racing, cagón”!!!!!!!!!!!
-Chau, Fer, ya volveremos a encontrarnos. Como podrás comprobar, y por el resultado, mis mejores deseos no te alcanzaron ¿o sÃ?. En sÃntesis, Fernando, es lo que vos merecÃas (Independiente 4, Racing1)Te quiero, loco hermoso. Tu amiga que siempre te espera, Ana.
PD: Pasaron las horas, y comprobé que la maldición del viernes trece se hizo realidad, se extendió hasta el sábado y nos llegó a los dos. Perdimos los dos, Fer. Boca, cayó ante Tigre ¡¡¡¡¡no lo puedo creeeeeeeeeeeeeer!!!!!!
Abismo
Un antiguo edificio me abriga. Me señalas y me muestras la escalera de escape. Entre ella y yo existe un abismo. Tu luz clara ilumina mi camino. No me atrevo a saltar. Vértigo, sensaciones llenas de pánico y muerte me atrapan. Y nuevamente, ante mí, la inacción. Prefiero observarte desde lejos, diluirme entre la quietud y el silencio. Ya no lucho. Continúo presa en la cárcel de mi miedo. Ya no quiero repetir el sueño.

Constalar II
Perdida entre la aridez y el púrpura, Constalar, ascendió entre tropiezos a Las Quijadas. Entre la confusión de la fosca, pudo percibir la impaciencia de Nimue, que por ella esperaba Los cabellos negros de la dama acariciaban el pelaje de un conejo herido. A pocos metros de la cima, Nimue, dejó ver ya no sólo a su conejo, sino que también a un lobo doliente. Entre la oscuridad de su vestido, extendió su brazo y ordenó
-Constalar, no te detengas. El conejo y el lobo están bien. No pienses en ellos. DirÃgete a la cima sin mirar hacia atrás. AllÃ, observa bien, no tengas miedo. Alguien te espera.
Y Constalar, ahora asciende, con los ojos húmedos dirige sus pasos bermejos con suavidad y cuidado. En la cima, y en la inmensidad entre el cielo y la tierra, vislumbra la magnificencia de un águila blanca, que en vuelo circular la invita a saltar. Y Constalar voló. Debajo de sus pies quedaron con la mirada perdida y suplicantes de su presencia el dolor, el rencor y la envidia.
Parque Nacional Sierra de las Quijadas, Provincia de San Luis, Argentina
Visión
Constalar, vi una letra grabada sobre tu frente -mem- Sus manos rugosas se extendieron hasta encontrar tus hombros. No te resististe. Las dos vestian de blanco. Juntas y tomadas de la mano, caminaron hacia la fuente. La anciana de andar cansino. El tuyo tembloroso y perdido. No te resististe a la ablusión. La esperabas desde el comienzo de los tiempos. Te vi sumergida en el agua pura y cristalina. Te sentà progresar más allá de las fronteras de la mente, hacia una nueva dimensión y realidad.
Emergiste del agua vestida de blanco. Tu hermoso cabello recobró su color natural y su brillo. Y la anciana, tu guÃa y redentora, te indicó con un gesto el verdor del parque. Y ahora te observo caminar descalza, sin prisa y sin miedo por el césped. Tu mirada lo dice todo. Te diste cuenta de que tus pies jamás volverán a ser heridos y lastimados. Nunca más, Constalar, caminarán sobre trozos de cristales rotos.
Se rompieron las cadenas, lograste la libertad del cautiverio de tu ignorancia. Conociste el amor supremo
Mi PC atacada por un troyano
Debido a que mi PC fue atacada por un troyano (search magnified), que impide que abra este sitio, momentaneamente y hasta que el problema esté solucionado no habrá nuevas entradas en este blog. Gracias
Verídico
Alguien camina a mi lado y su sombra se pierde entre la bruma.
Un gato echado sobre el césped me observa una y otra vez. Mirada felina, guerrero de la luz, guerrero de la sombra.
La noche es cerrada y frÃa. Y el gato invade mis sueños. Llega cauteloso hasta un objeto. Lo estudia, lo rodea y me advierte la presencia de un extraño.
Los rayos del sol de Mar de Ajó me despiertan y ya no están ni el gato ni el objeto. Algo me robaron a cambio de un mensaje:”a x c sobre 4. A=4 C=e” Y me doy cuenta, de que nunca podré descifrar el mensaje. Se agitan manos solidarias que me levantan y me arrojan en pleno vuelo.
Y ya no es el gato con quien sueño, ahora sólo me desvela la estatua de la niña del pez El frÃo se apodera de mi cuerpo. Puedo sentir a mis espaldas la presencia de un extraño.
Las lunas pasaron El objeto hurtado apareció sonriente entre unas plantas. Alguien me robó la razón. El guerrero de felina mirada no aparece. El gato de mi sueño, también se perdió entre la borrosa bruma del mar.
El legado
Oscura madera de nogal, en el recuerdo. La evocación constante de una vieja pared y número fatÃdico, con fuerte pulso grabado: 15.281
Tres almas solitarias y el mismo legado. Una se hace cargo de un monumento y la desolación. La segunda la guardiana de una pequeña foto y un mensaje. La tercera de un secreto y el silencio.
Un hombre, al que nunca conocieron, las persigue: Antonio Alfonzo. Para ellas ese nombre es el trueno, el fuego, el grito y el llanto. Una muerte por amor, una venganza y un legado de ya olvidados años.
Mabel, se encarga del codiciado monumento de Antonio. AnalÃa resguarda la foto y el mensaje. Vilma no revela ni el secreto, ni la venganza.
Frentes marcadas por fuego. Ademanes, miradas, sonrisas, pasos hermanados. Generaciones centenarias, embriagadas tras de ellas, las buscan.
Las hojas de un árbol acarician el mármol frÃo, en un lugar perdido de Pérez Millán.
Alguien espera bajo la sombra del árbol .Alguien se inquieta, y se pregunta si tal vez la desolación, el secreto por un siglo guardado y los lazos de sangre ya olvidados, hacen que esas tres mujeres, bajo la luna y ausentes, ya no se reconozcan.
INSTANTÁNEAS
Alguien se ha perdido. Desde el norte, otro sigue las huellas que el mar no ha podido esfumar
El partÃa desde el sur, ella desde el norte. Madera, moho, cemento, del viejo muelle fueron testigos.
Un cuadro con vacÃos, de cuerpos anhelantes de calor, miradas intensas que volaban perdidas en el apasionado piélago.
Una fuerza misteriosa y singular los obligaba a su regreso. Ninguno de los dos se atrevió a traspasar el lÃmite del viejo muelle. La rutina mustia esperaba por ellos.
Ichthus, sale a la superficie, montando sobre su envés una silueta de mujer.
Hoy, sólo la bruma del mar, herida por penosas ausencias, dibuja una ilusión marina. Dos siluetas entrelazadas que se funden y se pierden debajo del opaco y antiguo muelle.
El mensajero
Existió aquella noche en que un hombre se cruzó en su camino. La tierra era observada desde el espacio. Conspiración de los dioses para enviar a Hermes, el de los pies alados, a recorrer siglos de galaxias para asà descender a la tierra y entregar un mensaje.
Clara, salió de su trabajo dispuesta a caminar por Alem, iluminado el gris asfalto por el centelleo de los autos. A su paso embriagaba al aire con su sutil perfume a frutas cÃtricas y sándalo, que se mezclaba enamorado con los colores y el perfume del pequeño puesto de flores emplazado en la esquina de Av. Corrientes y San MartÃn.
Veinteañera, pero de paso cansino, con un andar de hombros en arco, como el caballo debilitado, que arrastra pasivo el peso que le coloca encima su dueño.
Una suave brisa se encaprichaba en jugar con su cabello lacio. Observaba a su paso a la gente, buscaba una mirada, tal vez una respuesta. Pensaba una y otra vez, que ya habÃan transcurrido cuatro años desde que su médico le recomendó en una primavera “enamorarse”, como si el amor sólo se consiguiera como mero producto de elección consumista en un shopping –Clarita, en primavera hasta las piedras florecen y renacen. Asà que te pido por favor enamórate o dale una oportunidad al primer muchacho que te invite con una gaseosa- Eso de “gaseosa” a ella le pareció grotesco, pero comprendió enseguida que el médico acertaba en la sugerencia. También recordó, que asà fue como apareció Norberto en su vida con la propuesta de una salida juntos al teatro. Acordaron un horario. El dÃa indicado, ella llegó unos minutos adelantada. Norberto no estaba en el lugar de la cita. Para Clara, ese era un mal augurio, tuvo ganas de subirse al primer colectivo que pasara y escapar de esa situación. La detuvo su memoria con las palabras del médico “dale una oportunidad al primer muchacho que te invite una gaseosa”. Norberto llegó cinco minutos tarde, fueron juntos al teatro y de allà en más no se separaron. Sin embargo, la presencia de Norberto, sus gestos groseros con amigos, desconocidos y familiares pesaban en el cuerpo de Clara. Cada amanecer su espalda, sus brazos y su mente sufrÃan el enorme esfuerzo de arrastrar tras de sà enorme carga., demasiado pesada para su frágil fÃsico.
En el semáforo de Corrientes y Florida, perdida entre el tumulto de gente, Clara cruzó la avenida. Continúo con su paso lento por la peatonal, hasta que justo a mitad de cuadra, un hombre maduro y vestido con un prolijo traje marrón, detuvo su andar.
–Señorita, no soy de aquà y estoy perdido. ¿Me podrÃa indicar en que dirección queda la Av. Córdoba?-
Todos los que la conocimos a Clara sabÃamos que ella era servicial. Le sonrió, como hacÃa siempre con todos y a todo. Le sugirió continuar en la dirección en la que él caminaba
–Siga derecho. Cruce esta avenida que se llama Corrientes, camine cuatro cuadras y encontrará Av. Córdoba. Para orientarse mejor, y moverse sin perderse en el micro centro de Buenos Aires, siempre recuerde que cada cuatro cuadras hay una avenida. Asà jamás se perderá-
A través de sus ojos rugosos, el hombre le hizo una mueca de agradecimiento y agregó elevando su mirada hacia el cielo
–Me has ayudado sin saber quién soy. Ahora yo te haré a ti un gran favor. Nunca lo olvides. Tú naciste en el mes de febrero, y bajo el signo de Acuario. Puedo verte sentada en una oficina.... tipiando y con esmero. Creo que escribes o copias ¿no?-
-si-respondió ella asombrada
El desconocido continuó su discurso
–Bueno, veo que vamos bien….. Vives en un lugar de casas bajas, rodeada de vecinos que hacen mucha bulla. Creo que el ruido te molesta. Eres sensible. También estás en pareja o tienes un novio nacido bajo el signo de sagitario ¿miento?-
-No, es cierto – respondió Clara, con los ojos desorbitados.
-Bueno, a ver como te lo digo… corta con esa relación ya...ya... ya. Ese muchacho no es para vos. No es buena persona. Además veo cerca de ti un hombre que te ama. Vive detrás de un nosocomio, ¿puede ser algo asà como Durand? El te hará muy feliz-
Ante el rosto de asombro y estupor de Clara, el hombre la observó con dulzura y con un gesto paternal agregó
–No nos veremos nunca más. Hagamos de cuenta que nos encontramos en un aeropuerto y que cada uno de nosotros toma vuelos distintos. Nos tenemos que despedir para siempre ¿Cuáles son tus palabras de despedida?
-Gracias, y que Dios lo bendiga- contestó, casi sin voz, Clara
-Bendiciones para ti también hermosa- respondió él con una tenue sonrisa
Ella continuó caminando, ahora erguida, por Florida, pero algo atónita. SonreÃa y pensaba -¡¡¡que lindo loco me encontré!!!! De pronto su sonrisa se apagó, su rictus se volvió más severo y pensó -Pero si es cierto lo que este hombre me dijo-
En Av. De Mayo, Norberto la esperaba con una gran sonrisa. Ella se acercó a él. Depositó en su mejilla un beso vacÃo, lleno de nada y arqueó sus hombros. Tras el andar de algunos metros, se decidió a transitar el camino real hacia la búsqueda de su metamorfosis interior. Tomó coraje, el destino estaba en sus manos. Y pensó
-El mejor punto de partida, es ser sincera conmigo y con los demás-
PD: Los compañeros de trabajo de Clara, después de escuchar de su boca esta historia bromeaban con ella y le decÃan -¡¡¡mirá que estás loca!!!!!! Sos más loca, que el loco que se te cruzó en la calle. Dejate de joder. Bueno, Clara –ya en tono de chanza- si querés te acompañamos por la zona del hospital y visitamos todas las paradas de colectivo, con un cartel que diga “Clara busca a su amor” Nosotros te hacemos el casting
Durante un año, Clara, sufrió el acoso, los zamarreos y las amenazas de Norberto para que volviera junto a él.
Ella comenzó a sentir pánico. Sus compañeros de trabajo ya no bromeaban, temÃan por su vida. No podÃa caminar sola por la calle y habÃa decidido dejar de trabajar. Su jefe intervino en el caso. Amenazó a Norberto con una denuncia policial y juicio por acoso. La violencia no volvió a cruzarse en su camino. Hoy, Clara, está en pareja y ya se olvidó del hospital Durand.
Sin embargo, después de quince años de esta historia, otro mensajero se cruzó en su camino. Sólo le dijo unas pocas palabras –"no repitas la historia de tu madre"- Y, mientras depositaba un pequeño objeto sobre su mano derecha cerrándosela, agregó
–cuando necesites ayuda debes apretar este objeto, que sólo lo podrás ver cuando yo descienda del subte. Cuando precises auxilio cierra fuerte tu puño y piensa en mÃ. Yo estaré en ese momento para ayudarte.-
Cuando abrió su mano, encontró una bella cruz de perlas verdes.
La regaladera
Nos encontramos de casualidad. La apariencia era la misma, y me di cuenta que a pesar de los años transcurridos nada habÃa cambiado en ella. Se presentó ante mi mirada perdida y gritando "quiero irme con vos". En segundos desfilaron un centenar de imágenes. Comencé a pensar en mi niñez, en mi madre y recordé los objetos que ella guardaba como pequeños tesoros. Por supuesto, a los chicos les atrae el misterio, y yo no era la excepción. Aún recuerdo una cajonera de madera de nogal. Siempre brillaba, más aún cuando en ella se depositaban, jugueteando entre sus vetas, los rayos del sol. . AllÃ, mi madre, guardaba sus recuerdos más queridos. Mi ilimitada imaginación infantil me hizo creer que en su interior se escondÃan historias y aventuras que esperaban mi presencia. Siempre, y con miles de excusas, me las ingeniaba para dar mil vueltas alrededor de ese misterioso mueble, esperando no ser descubierta por nadie y asà tomarlo por asalto. Cuando me sorprendÃan cerca debÃa soportar las quejas de siempre "que siempre tocas lo que no debes" "que algún dÃa por curiosa vas a encontrar una brasa y te vas a quemar las manos"• Recuerdo que esperé bastante tiempo hasta que llegó el dÃa indicado. Una mañana, mi madre salió de la casa para dirigirse al almacén de doña Cata, que por aquel tiempo estaba ubicado a la vuelta de nuestra esquina, a comprar lo necesario para el almuerzo. Quedamos a solas mi hermana Cristina y yo. Con ella nos llevábamos casi ocho años de diferencia de edad, asà que siendo Cristina una adolescente poco le importaba que hiciera yo cuando estaba callada. Creo que en realidad, no era que nada le interesaba, sino que en realidad y por los lógicos celos a la hermana menor que todo tocaba y rompÃa, sacaba ventaja y permitÃa que yo hiciera algún bochorno con la seguridad de que me costarÃa algún castigo. Asà aproveché la gran oportunidad que se presentaba ante mÃ, y como una pirata al acecho en busca de nuevos mundos y tesoros, asalté el mueble con la velocidad de un rayo. Comencé por manosear todo lo que allà habÃa desde mantillas españolas, poemas gauchescos, un libro de Máximo Gorki, hasta chucherÃas, y una hermosa camisa de guipiur. Quien conozca esta puntilla sabrá de su artesanÃa. Quedé maravillada ante el bordado de las flores que se abrazaban amorosas entre sÃ, me la probé y quise saber como habÃan logrado realizar algo tan hermoso. En mi imaginación estaba la certeza de que tal vez yo la podrÃa confeccionar aún más hermosa. Y allà sucedió el desastre. Tomé una tijera y recorté con sumo cuidado todo el gipiur de la camisa y de paso sustraje también las flores de la mantilla española Cuando llegó mi madre no me gritó (por primera vez en mi vida observé odio en sus ojos), sólo atinó a mirarme con furia y a arrojar los pequeños retazos a la basura. Esa acción me hizo tomar conciencia, aún siendo pequeña, del daño que habÃa provocado (creo que esta lección me acompañó a lo largo de la vida, pensar antes de actuar y evitar dañar a otro sólo por capricho) De esta historia pasaron muchÃsimos años, y mi madre enfermó de demencia mixta. Durante mucho tiempo estuvo en nuestra casa, pero al final de esa larga enfermedad, decidimos lo peor para todos nosotros, internarla en un geriátrico. Yo iba a visitarla todas las semanas, le contaba, aunque no me escuchaba, todas las novedades de la familia, y también historias que inventaba para poder robarle una sonrisa. En realidad guardaba la secreta ilusión de que ella se comunicara conmigo y recordara. Cualquier palabra, nombre o cosa me servÃa de disparador para llamar su atención. Mi corazón la llamaba, la añoraba, la sufrÃa. Mi cuerpo ante su presencia se estremecÃa y mis brazos se estiraban como cintas sin lÃmite para poder abrazarla. Cuando salÃa del geriátrico (lugar de desdichas donde se depositan en guarda a los viejos, que tal vez sanos ya molestan) con mucha angustia, me iba a caminar por las calles de Buenos Aires. Estaba convencida de que asà podrÃa olvidarme por un momento de la enfermedad de mi madre, pero en realidad me engañaba, sólo recreaba la vista para esconder los vidrios de mi alma agrietada. Uno de esos dÃas entré a la GalerÃa Quinta Avenida, y me detuve por curiosidad un local llamado “La Regaladera”. Allà comencé a manosear ropa, utensilios, calzado, todo antiguo y usado. De repente, y como una aparición de otros mundos, me reencontré con ella, la misma camisa de gipiur del año 40´que yo con mi empecinada curiosidad habÃa destruido. La tuve entre mis manos, y llorando volvà a sentir la misma emoción de nuestro primer encuentro. En ese instante pude darme cuenta que habÃa recobrado el alma de pirata. No lo dudé un segundo, la compre, me la puse, ante la mirada atónita del vendedor, y decidà desandar mis pasos. Corrà hasta geriátrico ansiosa por ver la cara de mi madre. Durante el viaje me la arreglaba, la perfumaba y la planchaba con las manos. El olor a suciedad y humedad de la blusa no impedÃa que pensara -¿se dará cuenta de lo que tengo puesto? ¿La conocerá?- Al pasar el umbral, del depósito de ancianos, fui directo hacia Eve, mi madre, miré sus ojos y le pregunté -¿mami, la conocés?- Ella con lágrimas en los ojos me respondió -"¡¡¡hijita, la arreglaste!!!- y se volvió a perder en el laberinto de su mente. No la pude rescatar. Llené su rostro de besos, como quien pide perdón con el alma llena de culpa. aprendà que el precio de la culpa siempre es el dolor, y que la angustia es el valor del dolor.
CHOLINA
Soñar, siempre soñar, desde palabras, imágenes y colores.
Isolina Baños, fue una española que llegó a la Argentina siendo muy joven, huyendo de la pobreza de su pueblo natal y en busca de un destino mejor en un paraÃso soñado.
Como sucedió con muchos inmigrantes que arribaron a estas tierras, con el estómago vacÃo, languido y sin una peseta en sus valijas, Buenos Aires levantó su velo ante su presencia y le mostró la cara de la abundancia.
En esta ciudad, se reencontró con un paisano de su pueblo,en Galicia, Xové, llamado AlfonsÃn. Juntos crearon la confiterÃa “La Hermosura”, que quedaba allá por los años 30´ en la esquina de las calles Paraná y Lavalle, cerca del famoso cabaret Chantecler. Era, por ese entonces, una panaderÃa reconocida (y aún hoy añorada por algunos memoriosos) en toda la zona por la calidad de sus confituras y por su pan amasado con un secreto guardado bajo cuatro llaves.
La pareja vivió perÃodos de abundancia, rodeados siempre de sus sobrinos y parte de la familia, que a veces era lejana, y que al igual que ellos también habÃan emigrado hacia la Argentina. AlfonsÃn falleció siendo aún joven, por lo cual Isolina vendió La Hermosura y se negó a la soledad. Asà se instaló, para alegrÃa de todos los que la estimaban, en la casa de Edelmira, su prima hermana. Pasó a formar parte, como una más, de un enorme grupo familiar.
No era difÃcil divisarla por la calles de Ramos MejÃa, paseando con su vestido negro matizado con pintitas blancas y con su bolso oscuro, de marca Primicia, que bailaba prendido de su hombro al compás de sus pasos.
Su vida, hasta ese momento, era para ella plena e intensa.
Experimentó alegrÃas y sinsabores en el seno de esa "su nueva familia". Pero algo la hacÃa diferente a todos ellos. Tal vez, el rasgo distintivo, que la hacÃa tan particular, fuera una marca en su mirada que aturdÃa e intimidaba.
A lo largo del tiempo, habÃa aprendido a absorber sabidurÃa y bondad. AsÃ, enseñaba a los integrantes del clan, desde recetas de diferentes amasados, hasta la filosofÃa más profunda en los momentos de crisis personales. Creo que su sabidurÃa emanaba del amor que sentÃa por los otros. Alma generosa, en un mundo egoÃsta, educando por y para el amor. Sin embargo, su queja cotidiana era por un tic tac de reloj , que la seguÃa constantemente como una sombra. Según sus palabras este sonido retumbaba en su cabeza, lo sentÃa sobre su espalda y hasta en sus huesos.
Por aquel tiempo, Isolina conoció, en su nuevo hogar, a una niña de unos cuatro años de edad. La vieja sabia, observaba con atención los movimientos nerviosos de la pequeña. El constante movimiento de sus piernecillas, sus manos, sus dedos, todo su cuerpo manifestaba descontento.
Su familia se lo atribuÃa a un accidente ocurrido, cuando tenÃa dos años de edad, con la ventanilla de un tren, que habÃa machacado, casi por completo, dos dedos de su mano derecha. Esta tragedia habÃa provocado en ella, entre otras cosas, una severa tartamudez, por la cual era medicada con Valium pediátrico por la mañana y Epocán por la tarde (para evitar el sÃndrome de lo que los especialistas llamaban "atención dispersa"- ). Intertar dormirla era una tarea casi titánica que ninguno se atrevÃa a cumplir. Sin embargo, la paciencia de Cholina ( como la llamaba la pequeña) supo encontrar el camino para acercarse a ella.
Isolina no era amiga de forzar las acciones. SolÃa tomar a la niña de la mano y la recostaba en una cama mullida. Y allà comenzaba la enseñanza con dedicación exclusiva, y sin interrupciones, para la pequeña aprendiz.
Cholina, comenzaba pidiéndole, con voz casi susurrante
-Cierra tus ojos. Si haces lo que te digo, cuando despiertes, el hada madrina te dejará una bolsa de caramelos debajo de la almohada, ya vas a ver lo que es capaz de hacer la magia, ¡¡¡¡existe!!!!! ¡¡¡podés llegar a ser un hada si me haces caso!!!! es el mejor regalo que te acompañará el resto de tu vida”-
Y allà comenzaba su relato, como un bendito y secreto don para alguien que se ama.
Le relataba a la pequeña historias de árboles y bosques. Le pedÃa a la niña que, con los ojos siempre cerrados, pudiera imaginarse palabras en imágenes. Que sintiera en sus piececitos la suavidad de la hierba , que se dejará atrapar por el azul del cielo, y que mirara atentamente como en ese cielo imaginario las nubes le regalaban los dibujos más extraños . Isolina repetÃa constantemente
-Agradece pequeña, agradece a tu sueño por el sol, por la vida que se tranforma en canto de pájaros que trinan melodÃas sólo para acompañar tu ensueño-
Asà lograba dormir a la pequeña, sin medicación y en paz.
Al despertar, y ya en soledad, la niña pasaba ansiosa sus manos por debajo de la almohada y la magia se hacÃa presente. Siempre encontraba una bolsa de caramelos. A veces bañados en azúcar, otros dÃas saborizados con frutillas, que pintaban su pequeña boca como un rubÃ.
Cholina no estuvo mucho tiempo en esa casa. Y sin embargo, por años, la niña jamás dejó de soñar. Hoy es adulta, y todavÃa al despetar pasa sus manos por debajo de su almohada esperando reencontarse con algún caramelo o con la magia que transforme su vida.
No se muy bien porque hoy me acuerdo de esta historia.
Será la nostalgia de una tarde gris, la tristeza, las ganas de escribir o tan sólo la soledad que me provocan ensueños.
Tal vez sea el sabor, que aún mis papilas gustativas sienten cuando pienso en caramelos. Dulces que hoy, adulta, me regalan mis amigos: Jovino, de Puerto del Carmen (cuando me sorprende en el Kiosco comprando cigarrillos. Debo abandonar lo atados azulinos por los chocolates) Camilo, el cortinero (siempre solÃcito a mis relatos orales), o el amable Ashardjian, que entre repuestos sanitarios, me sorprende con alguna golosina que agradezco con un beso.
O tal vez, sea el recuerdo de mi cumpleaños número cinco. Fue un 13 de febrero, dÃa muy soleado y caluroso. La fiesta no fue en mi casa. Nadie explicó la razón. Me llevaron a la casa de mis padrinos, gente de campo, quienes habÃan preparado para mà una gran olla de chocolate con leche -caliente y con manteca, a pesar del abrasador febrero- , sandwiches de miga y masas finas.
A mi fiesta de cumpleaños concurrieron muchos chicos, a los que yo, en realidad, concocÃa muy poco, y a quienes esperaba de pié junto a un tocadisco Winco, arropada con un corto vestido amarillo . A pesar de la alegrÃa de los otros, sentÃa la ausencia de mis padres, de mi hermana, y de Cholina. Ese dÃa ella desapareció para siempre de mi vida.
Pasaron muchos años, cuando ya siendo adulta, me enteré por casualidad que habÃa fallecido un 13 de febrero del año 1969, el dÃa de mi cumpleaños número cinco sin torta, sin mis padres y sin Cholina.
Hoy, ella, apareció en mi recuerdo. Hoy, precisamente hoy, cuando ya no me quedan ni el dulzor, ni el carmesà de mi boca. Hoy, precisamente hoy, cuando ya no tengo sueños.
Las manos
Puedo describir cómo es un pequeño pueblo llamado Norberto de la Riestra, o limitarme a detallar una fiesta de casamiento y mencionar a cada uno de los allà presentes, sobre todo los hermanos de mi madre "los Alfonsitos".
Lo cierto, es que esta pequeña anécdota que cuenta la historia de mi mano derecha, comenzó cuando las luces y la música de una fiesta, de un tÃpico pueblo campestre, se apagaron.
Nos dispusimos, gran parte de los invitados a tomar de regreso el tren que nos llevarÃa de nuevo a nuestros hogares, todos éramos de Buenos Aires (nos aguardaban por delante dos horas de viaje) Allà Ãbamos en diversos grupos, como es la costumbre de todo enorme e inseparable clan familiar, gran parte de los Alfonso por un lado y una minorÃa de Piñeiro por el otro.
En plena madrugada, abordamos en forma desordenada, entre gritos y risas, la formación férrea. Cada uno depositó, como pudo, lo que quedaba de su cuerpo después de una larga noche de alcohol y alegrÃa. Algunos, con sus cabezas casi enterradas en los duros asientos, se dispusieron a dormir y otros, como yo, mirábamos absortos por las ventanillas (cuando uno es un animal solitario de ciudad la amplitud del campo, que se pierde en el horizonte, se convierte en un paisaje hipnotizante) Yo era muy pequeña, tenÃa casi tres años de edad, y dada mi simpatÃa (que mi hermana odiaba) siempre encontraba quien cargara con mi peso. Fue mi amada prima, Vilma Alfonso, quien soportó mis pocos kilos de huesos y también mi insaciable curiosidad. Todo a esa altura de la noche era para mi novedoso. Vilma, ya cansada de describirme e inventar cuentos con oscuros pastizales, se le ocurrió animar mi dislocada imaginación
-¡¡¡¡mirá!!! ¡allá está la vaquita invisible!-
Mi curiosidad pudo más ¡una vaca invisible!, y apoyé con vehemencia los dedos Ãndice y mayor, de mi mano derecha, sobre el vidrio y pregunté
-¿dónde? ¿dónde está?-
Inmediatamente, detrás de un terrible estruendo, se escuchó un grito, era el de mi prima. Sus enormes ojos miraban con horror como el parasol de madera de la vieja ventilla se habÃa caÃdo sobre mi mano. Detuvieron el tren, me trasladaron en taxi (un viejo Ford del año 30´) al pueblo de donde recién habÃamos partido, en realidad me llevaron a "Pedernales",mientras mi madre sostenÃa parte de mis dedos con un pañuelo usado varias veces. Como en toda pequeña ciudad, en Pedernales, existÃa un sólo médico (que hacia a veces de psiquiatra, cirujano, partero y otras yerbas) él también habÃa estado con nosotros en el casamiento. Es bueno resaltar, que tenÃa unos cuantos tragos de más. Como pudo, y a pesar de la borrachera, cosió lo poco que sus ojos, agotados por el cansancio y el alcohol dejaban ver de los pequeños dedos.Elaboraba la fina tarea, mientras mi tÃa Totita Alfonso, lo sostenÃa para mantener el pulso de los dedos que sostenÃan hilo y aguja. Al finalizar su tarea miró a mis padres y agregó
-no le van a crecer las uñas. El corte afectó la matriz-.
Noticia trágica para mi madre que interpretó que su pequeña niña quedaba sin dedos.
Pasaron más de treinta años de ese anecdótico hecho. Me recuperé bien, mis uñas crecieron (a pesar de que los dedos no son muy normales) y superé, con mucho trabajo familiar, la peor secuela del accidente "el eterno tartamudeo".
Lo cierto es que el episodio fue casi olvidado por todos. No por mucho tiempo.
Debido a mi profesión, y a la de mi pareja, nos invitaron a un Congreso en Galicia. Para mà este hecho representaba la concreción de todos mis sueños. ConocerÃa por fin la tierra de mis abuelos. El congreso pudo desarrollarse tranquilamente en Madrid o en Barcelona, pero no, tuvo que ser en Santiago de Compostela. La alegrÃa de conocer Galicia despertaba en mi muchas fantasÃas. En los últimos preparativos de mi largo viaje, mi tÃa Chela, hermana de mi padre, con mucha emoción me rogó al despedirse
-te pido un gran favor. Mi mamá murió con un gran pesar. Le hizo una promesa a San Antonio de la Rigueira, que si lograba que vos, despúes del accidente de tu mano, movÃas bien los dedos y te crecÃan las uñas ella le llevarÃa a su iglesia una manito de cera. No lo pudo hacer. Murió con ese dolor. Nunca te lo dijo, para no cargarte con culpas. Por favor, esta es una gran oportunidad para vos y para ella, cuando llegues a Galicia contactate con algún integrante de la familia, hay varios en Viveiro, yo te paso los nombres. Buscalos y que te indiquen cómo llegar hasta la iglesia .Hacelo, te lo ruego-
¡¡¡Qué legado!!! y yo sin saber nada de San Antonio de la Rigueira, ni de su iglesia, pero supuse que al ser Viveiro una ciudad pequeña, el templo quedarÃa muy cerca de cualquier hospedaje.
Viajé, pase tres dÃas en el congreso y de allà partà ansiosa rumbo a un destino desconocido, hasta ese momento para mi ,"Viveiro". Iba en busca de almas caritativas que pudieran guiarme en la tarea encomendada. Me insatalé en un bello hotel cuyas habitaciones daban a la rÃa, por la mañana radiante y colmada de agua, de noche seca, oscura, casi sin vida.
El paisaje provocaba a mi imaginación. Todo el pueblo estaba rodeado por diferentes gamas verde, que bajaban desde los montes enmarañados de pinos. Pedà una guÃa telefónica y busqué a alguno de los familiares (de los cuales tenÃa pocas referencias). Me comuniqué con RosalÃa, ella era la destinataria de hacer que yo cumpliera con el legado.
Esa extraordinaria mujer (rubia y con unos enormes ojos verdes como mi abuelo), sin conocerme, me atendió como nunca nadie lo hizo por mÃ. Por primera vez en mi vida sentà algo diferente al simple cariño, habÃa algo en ella que reflejaba mi imagen. Paseamos juntas por todo el pueblo, y no sólo me llevó a visitar la casa natal de mi abuelo paterno en Xové, sino que también recorrió todo Viveiro en busca de alguien que todavÃa realizara antiguas ofrendas en cera. Preguntó por toda la ciudad , pero ya no existÃan artesanos que supieran cómo hacerlas. Este tipo de ofrendas y promesas eran muy comunes por el 1900. RosalÃa, como buena gallega empecinada, y después de mucho buscar, encontró a un carnicero que, sin conocerme, hizo la figura del mismo tamaño que mi mano derecha.
Cuando Juan, el marido de RosalÃa , me entregó la deseada mano, pude reparar que era como un guante hecho a medida
Llegó el momento de trasladarnos a la iglesia, que no quedaba tan cerca de Viveiro, y se encontraba en la campiña. En el corto viaje de Viveiro a Xove, me sentà la protagonista de un antiguo cuento medieval . Sobre todo cuando Juan, mi tÃo, bajó del auto enfurecido para discutir con un pobre hombre que entorpecÃa el tránsito (una angosta carretera de tierra) con un carro y un burro (pelea entre lo rústico y la modernidad) ...y el burro que no se movÃa y el tÃo entraba más facilmente en cólera. Cuando fianlmente pudimos continuar viaje, y llegamos a destino, nos encontramos con otro escollo más. La iglesia estaba cerrada. No quise molestar más con mi historia, y en un acto reflejo pretendà dejar la ya famosa mano de cera en la puerta del santuario. Mi tÃo Juan indignado no lo permitió, prefirió cruzar hasta el cementerio y preguntar en dónde podÃa hallar al sacristán. Yo obediente (eran demasiadas sorpresas juntas como para rebelarme) seguà sus pasos. Pasando el umbral, habÃa una mesa rústica, gris, con varias mujeres alrededor que cortaban los tallos de las flores que allà estaban depositadas. Al levantar ellas su vista hacia mi tÃo, que era seguido por mi diminuta figura, quedaron inmóviles, como ante una aparición (los campos santos siempre provocan este tipo de fantasÃas) .
SabÃan perfectamente desde que me vieron que yo era de la familia por el parecido a una difunta. Inmediatamente me rodearon, me hablaron en gallego, me contaron historias de la familia, de mi bisabuelo "el señor Andrés" y me llevaron al panteón de la familia Piñeiro mientras continuaban fijando sus ojos anodadados sobre mÃ. Fue una experiencia única e irrepetible. En eso estábamos, cuando llegó el sacristán abrió la iglesia para nosotros, bajó al bendito San Antonio de la Rigueira para que lo tocara (en ese momento se apoderó de mà una sensación mezcla de miedo y asombro. SentÃa que era una herejÃa mover a un santo del pedestal para mi simple satisfacción. El sacristán me bendijo y me dejó a solas, para que depositara la mano de cera, entre muchas otras ofrendas antiquÃsimas y parecidas a la mÃa. Sin embargo, allà me esperaban más sorpresas, saber por ejemplo porque mi abuelo habÃa emigrado a la argentina con tan sólo 12 años de edad, su pelea con su padre y el significado de su aventura en tierras tan lejanas.
Tal vez por antiguas culpas, o por un gran amor, mi bisabuelo, Andrés ,con 90 años de edad, vino a morir a la Argentina al lado de su único hijo varón. Pero esa es otra historia para contar, la de "un gallego vidente y manosanta en la pampa"
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